28 de enero de 2018

SOBRE GANADORES Y PERDEDORES

Bloomberg ha publicado su ránking 2018 de países innovadores. Corea del Sur se mantiene en primera posición, seguida por Suecia y Singapur (que asciende tres puestos). Alemania pierde una posición (de 3er a 4º puesto). Entre los países pujantes están Japón (de 7ª a 6ª posición), Francia (de 11 a 9ª), Irlanda (de 16 a 13), China (de 21 a 19), e Italia (de 24 a 20). Entre los que descienden, Finlandia (de 5º a 7º), y EEUU (que abandona las posiciones de cabeza, bajando dos puestos, del 9 al 11). Finlandia, el gran caso de éxito en los 90 y primeros 2000, empezó a perder fuelle innovador durante la crisis de 2008, cuando el gobierno abandonó las políticas de inversión estratégica en I+D industrial, cautiva de los nuevos aires de la austeridad. Y en EEUU, Trump no parece demasiado interesado en las políticas de ciencia, tecnología e innovación. De hecho, la administración Trump ha sido hostil con la ciencia, dejando vacante durante meses la posición de director de la Oficina de Ciencia y Tecnología del gobierno, y recortando substancialmente presupuestos en ámbitos como cambio climático o salud, temas que parece que al inquilino de la Casa Blanca no le preocupan.


El modelo americano entra en declive, mientras surge con fuerza la innovación china, con iniciativas de gran calado, como la construcción de un nuevo mega-parque tecnológico en Beijing, destinado a la investigación y transferencia de tecnología en Inteligencia Artificial. El proyecto cuenta con un presupuesto de 2.100 millones de dólares. En el mapa de innovación se consolida el modelo europeo: 6 de los 10 países líderes en innovación son europeos (Suecia, Alemania, Suiza, Finlandia, Dinamarca y Francia). Los cinco primeros, con un paradigma de capitalismo social e innovación consorciada entre centros de investigación y empresa, típicos del norte europeo. Entre los 10 líderes, Corea del Sur, Singapur y Japón, como representantes asiáticos, e Israel, cuyo modelo es singular y mediatizado por defensa. Ganadores y perdedores en un tablero mundial donde el management se torna cada vez más tecnológico (Alemania y Japón son emblemas de este tipo de management), y la innovación tiene su centro de gravedad en el manufacturing digitalizado.

España se ha mantenido en la posición 29, muy lejos de su teórica capacidad competitiva (muy publicitada recientemente, y basada en sectores poco intensivos en tecnología y de estrategia de bajo coste). En paralelo al ránking de Bloomberg, estos días se ha publicado el Informe sobre la Ciencia y la Tecnología en España, de la Fundación Alternativas. Las conclusiones son demoledoras: en los últimos nueve años se ha reducido en un 30% la financiación pública de la I+D, cosa que ha producido un deterioro en la calidad y cantidad de publicaciones científicas, y una reducción del 60% en el número de patentes producidas. En torno al 50% de los fondos destinados a la financiación de proyectos conjuntos con empresas han quedado sin ejecutar. No se han gastado, posiblemente, por su mal diseño y su complejidad burocrática. No existe un plan a largo plazo para impulsar la investigación, ni mucho menos para integrarla con el sistema productivo, ni para transformar el mismo. Y todo ello no configura un problema político ni genera un debate social. Sólo el 21% de los españoles accede a noticias de ciencia a través de los medios de comunicación, muy por debajo de la media europea (41%). En el fondo, a nadie le interesa porque no existe conciencia de la importancia estratégica de la innovación en el desarrollo y bienestar de los países. Y, como no existe conciencia, no da votos.


Quizá el mensaje de la innovación deba entrar por otros canales. Deberíamos hablar de las consecuencias de la no-innovación. A lo mejor entenderíamos mejor cuál es el futuro que nos espera con gráficos como el que nos ofrece la OCDE: a la cabeza de las tasas de pobreza relativas. O como los datos de Oxfam Intermón: España es el tercer país más desigual de la UE. Pese a la recuperación del PIB, el 1% de la población más rica concentra la misma riqueza que el 70% de la población más pobre. Un trabajador con salario mínimo debería trabajar 71 años para ganar lo que gana en un año quien se sitúa en el tramo más alto. Desde el 2012, la productividad por hora trabajada ha crecido 10 veces más que el salario promedio, que es todavía un 15% inferior a 2009. Desigualdad, precariedad y fuga de talento. En eso sí que somos campeones absolutos.

1 comentario:

  1. Mi conclusión se resumiría en que nunca hay viento favorable si no sabes hacia dónde navega tu barco...

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