25 de febrero de 2017

¿PAGARÁN IMPUESTOS LOS ROBOTS?

Hace pocos días, Bill Gates declaró a la revista Quartz que “los robots deberían pagar impuestos”. Este es un debate creciente en los últimos tiempos. Parece lógico que, si un robot substituye a un humano, al menos se haga cargo de los pagos a la Seguridad Social para que esa persona tenga derecho a una pensión de jubilación. Un periodista del diario La Vanguardia me llamó para entrevistarme al respecto. Incluso, me preguntó si los robots, dado que pagarían impuestos, tendrían derechos como los humanos (por ejemplo, a la baja laboral). El artículo final apareció el pasado domingo (leerlo aquí).

Mi posición es la siguiente: la idea de ser sustituidos por androides (autómatas con aspecto humano) es incorrecta. La imagen que tenemos del robot como una especie de humanoide antropomorfo que emula comportamientos humanos es equivocada. No seremos substituidos por esos ciborgs. Seremos substituidos por tecnología, en todas sus diferentes formas: brazos electromecánicos en las líneas de proceso, dumpers y toros autoconducidos en almacenes, pantallas táctiles y asistentes personales inteligentes en los puntos de atención al cliente, algoritmos autónomos en automóviles, y centros avanzados de proceso de datos en tareas cognitivas de management y toma de decisiones. La automatización va a penetrar con una fuerza impensable e irreversible en todas las áreas de la economía y la sociedad. Pero cuando subamos a un vehículo autónomo, no encontraremos un monigote con aspecto de C3PO al volante. Simplemente, no habrá nadie. Los vehículos rediseñarán su espacio interior y se convertirán en pequeños business centers o salas de café, donde podremos trabajar con nuestro PC o leer tranquilamente el periódico mientras un algoritmo inteligente y conectado al sistema de infraestructuras de tráfico nos guía plácidamente. Las fábricas incorporarán más y más sistemas digitales y mecatrónicos. También en los niveles de gestión y toma de decisiones, hasta convertirse  en “fábricas autoconducidas” (terminología que se nos ocurrió hace poco en una interesantísima charla con Elisa Martín, de IBM). Cuando subamos a las oficinas, no veremos maniquís robotizados escribiendo en las mesas. Simplemente, no habrá oficinas: un sistema electrónico de inteligencia artificial suplirá el management de la compañía, analizando la prensa económica, recibiendo datos de producción y calidad de la cadena logística, evaluando resultados financieros y económicos, estudiando las opiniones de las redes sociales sobre los productos de la empresa, tomando decisiones y enviando consignas a las plantas de producción las 24 horas del día.

Los robots no van a pagar impuestos, simplemente porque no habrá robots como en las novelas de ciencia ficción. Pero la tecnología sí que deberá pagar impuestos si queremos diseñar un sistema sostenible económica y socialmente, donde el trabajo será un bien escaso y quizá innecesario. Hay quien dice que no. Que, como ha pasado siempre, ante un cambio tecnológico y una ola de destrucción creativa de viejas industrias y empleos, aparecerán nuevos nichos de trabajo que substituirán a los anteriores. Al fin y al cabo, la revolución industrial acabó con una economía agrícola generando millones de puestos de trabajo en las emergentes fábricas. Y, cuando éstas se fueron a países de menor coste, aparecieron economías substitutivas, basadas en servicios. Bueno, esto último ya me hace dudar. El mundo converge hacia un estado de desarrollo homogéneo, y ahora resulta que las fábricas vuelven donde sólo quedaban servicios. Y, recordemos, la economía no es una ciencia pura. Todas las piedras que hemos lanzado caen, y por ello podemos inducir que la siguiente piedra que tiremos al aire también caerá. Pero es que hay una ley de la naturaleza detrás: la ley de la gravedad. Sin embargo, no hay ninguna ley de la naturaleza que dicte que ante un cambio tecnológico siempre se generará empleo substitutivo. Quizá estemos ante fenómeno tipo "cisne negro” del filósofo y economista John Stuart Mill: aunque en el registro histórico del momento no se había observado jamás un cisne negro, eso no imposibilitaba que el próximo cisne que encontrara Mill no pudiera ser negro. No hay ninguna ley de la naturaleza que dictamine que no puedan haber cisnes negros, como no la hay que diga que todo empleo perdido por automatización será recuperado por algo substitutivo. Especialmente cuando la tecnología se desarrolla y penetra a gran escala y aceleración exponencial, como ocurre en este momento.


Los robots no pagarán impuestos. Los pagarán las rentas de la tecnología. Si no, el sistema colapsará por falta de demanda: las empresas autoconducidas, sin un empleado, no tendrán quien les compre. Nuevos mecanismos de distribución de la riqueza deben establecerse, si desaparece el trabajo. Pero para que la tecnología pague impuestos, primero debe haber tecnología. La solución final a la ecuación es la siguiente: las naciones deben desarrollar estrategias de largo plazo que incentiven la inversión en tecnología. Deben incrementar su capital tecnológico. Tienen que construir sólidos ecosistemas innovadores, con economías basadas en ciencia, y tecnología. Deben extender el paradigma Industria 4.0. Han de aumentar su productividad. Es la única manera de generar riqueza. Y, a medida que todo ello pase, se deben establecer mecanismos de fiscalidad sobre las rentas de la tecnología. Es evidente que esas empresas autoconducidas, tecnificadas e hiper-productivas, pero sin un solo trabajador, han de tributar de forma equivalente a si tuvieran empleados. Podremos, entonces (y sólo entonces) pensar de verdad en establecer una Renta Básica Universal o algo similar que permita mantener condiciones de dignidad a los excluidos de un mundo de abundancia tecnológica.

23 de febrero de 2017

MOBILE WORLD CONGRESS 2017: MOBILE IS EVERYTHING

En pocos días comenzará la nueva edición del Mobile World Congress, la gran feria tecnológica global sobre movilidad. Previsiblemente, más de 100.000 visitantes circularán por la misma, convirtiendo Barcelona en el epicentro mundial de la tecnología móvil. Catalunya se ha posicionado de forma excepcional en este ámbito, obteniendo la sede de la Mobile World Capital, y configurando un ecosistema emprendedor donde sobresale el clúster Barcelona Tech City, una de las mayores concentraciones de startups digitales de Europa. En Barcelona se respiran aires de San Francisco.

Estos días se espera la presentación de nuevos dispositivos emblemáticos de Nokia, Sony, Samsung, LG o Huawei, entre otros. Incluso, renacerá la mítica Blackberry. Más de 2.200 empresas mostrarán sus novedades en la feria. También Google, Intel, Apple o HTC. No obstante, estamos llegando al fin del paradigma actual de la telefonía móvil. Lo que ahora entendemos como "teléfono" móvil es ya básicamente un pequeño supercomputador interactivo multi-uso, y la tecnología móvil digital se extiende a la práctica totalidad de sectores. No en vano, en el MWC también habrá expositores de Ford, Mercedes o Volkswagen: el automóvil digital y conectado no será más que un gran smartphone con ruedas. Un subsegmento de la emergente nueva red del internet de las cosas (IoT). Nos tendremos que inventar un nuevo nombre para lo que ahora conocemos como "teléfono móvil", pues la función de comunicación por voz será residual y, en todo caso, no necesariamente significará la comunicación con otros individuos. Pronto podremos comunicarnos y hablar (con voz natural) con el propio dispositivo, que se convertirá en una especie de asistente digital. El progreso de la inteligencia artificial convertirá en muy poco tiempo los dispositivos móviles en sistemas inteligentes capaces de interpretar el entorno, tomar decisiones, tener iniciativas y emitir opiniones y sugerencias propias. Los actuales teléfonos móviles se convertirán en asistentes personales capaces de entender nuestros patrones de comportamiento, acceder a nuestros ficheros, leer (y contestar, si queremos) nuestros e-mails imitando nuestro estilo personal, recordarnos el cumpleaños de un amigo, reservarnos de forma autónoma billetes de avión, alertarnos sobre en qué momento debemos tomar nuestra medicina, comprarnos el último libro de innovación (sabiendo que nos gustará), avisarnos de que nuestro tío (al que no hemos visto en meses) está tomando un café en el bar de al lado (nuestro asistente estará monitorizando dónde está la gente de nuestra red de contactos), hacernos notar que tenemos la presión baja o que esta semana no hemos tomado suficiente fruta, tomar el control de nuestro automóvil y conducir por nosotros, o contactar autónomamente con el asistente personal de una chica desconocida con la que (según sus criterios) somos compatibles, y organizarnos una cita sorpresa, reservando restaurante y haciendo que envíen allí un ramo de flores. ¿Increíble? Está a las puertas: la tecnología evoluciona imparable en esta dirección. Y, si se cumple la ley de Moore (que evidencia que cada año y medio aproximadamente se dobla la potencia de computación de los ordenadores), y se aplica a la inteligencia artificial, el futuro produce vértigo: pronto podremos tener dispositivos móviles en nuestros bolsillos con coeficientes intelectuales de 100 (media de los humanos), pero de acuerdo con Moore, podemos predecir que más tarde los coeficientes de nuestras máquinas personales podrán ser de 200, 1.000, 10.000 o 100.000. ¿Nos imaginamos algo similar? ¿Y, nos lo imaginamos en nuestros bolsillos? 


La industria digital es la gran industria global, que transformará el resto de sectores industriales. Los dispositivos móviles dejarán pronto de verse como "teléfonos" y se convertirán en potentes asistentes personales. Todos ellos estarán interconectados y comunicándose autónomamente. Tendrán intuición, inteligencia, iniciativa y capacidad relacional propia. Nuestra vida cambiará en los próximos años, de forma significativamente superior y con mayor velocidad a cómo ha cambiado hasta ahora gracias a la tecnología móvil. Y todo, absolutamente todo (desde los teléfonos móviles a los vehículos autoconducidos, de los electrodomésticos a los ordenadores personales, de los semáforos  a las llaves de casa o a nuestros zapatos) se fundirá en una nueva gran red única y global de comunicaciones, una gran conexión de las cosas. Como reza el lema, mobile is everything.

Las oportunidades de negocio están a la vuelta. En los inicios de internet no podíamos imaginar qué era Facebook. Algún joven genio emprendedor, en estos momentos, en algún garaje, estará ideando el Facebook, Google o el Twitter de este nuevo paradigma de hiperconexión total e inteligencia masiva.

Artículo publicado originalmente en Viaempresa, el 20/02/2017

17 de febrero de 2017

DEJEMOS DE HABLAR DE INNOVACIÓN

En los últimos años hemos hablado demasiado de innovación. Desde finales de los 90, cuando la competencia se intensifica debido al proceso globalizador, las universidades, escuelas de negocio y organismos de promoción económica se lanzan a propagar un mensaje: hay que innovar para competir. Pero quizás hemos saturado el concepto. Quizás debemos dejar de hablar de innovación. No porque no sea necesario, sino porque hemos quemado la idea. ¿De qué hay que hablar, entonces? En primer lugar, es imperativo recuperar el concepto de estrategia. Quizá no todas las empresas entiendan que deben innovar (especialmente las más pequeñas, que a duras penas pueden atender las operaciones del día a día). Pero probablemente todas entiendan que deben tener una estrategia. Una estrategia entendida como un diagnóstico preciso de la realidad, una propuesta de valor diferencial (si no es diferencial, caeremos en la mediocridad, y en una erosiva competencia en precios), y un plan de actuaciones consistente y coherente. 

La innovación está en el corazón de toda estrategia de crecimiento. De hecho, las empresas innovan como mecanismo de diferenciación estratégica. Innovamos para diferenciarnos. Si no somos diferentes al resto, ¿por qué demonios nos van a comprar a nosotros? Si no queremos hablar de innovación, hablemos entonces de experiencia de consumidor. ¿Cómo podemos dar a nuestro cliente una experiencia superior a la que dan nuestros competidores? Porque si lo que hacemos es ofrecer la misma experiencia a menor precio, iniciamos una carrera que nos llevará a la miseria: a ver quién sobrevive con menos oxígeno (menos márgenes). O, si no queremos hablar de innovación, podemos hablar de tecnología. Porque, si no tenemos una tecnología diferencial, si cualquiera dispone de la misma tecnología que nosotros, entonces es muy probable que llegue alguien más grande, más conocido, con más marca, con más capacidad financiera o mayores economías de escala, que nos liquide. Si no queremos hablar de innovación, hablemos de cómo generamos y protegemos ventajas competitivas, aquel conjunto de atributos que nos hacen únicos, inimitables e insustituibles. Porque si somos vulgares, imitables, y sustituibles, lo tenemos muy crudo. Si no queremos hablar de innovación, hablemos de ciclo de vida: ¿en qué punto de obsolescencia se encuentran nuestros productos? Porque si son antiguos, el mercado irá optando por productos más nuevos, a no ser que desesperadamente empezamos a bajar precios. 

Si no queremos hablar de innovación, podemos hablar de todo esto. Y, en cualquier caso, destinar un mínimo de tiempo a hacer la reflexión (estratégica) sobre todas estas variables, establecer unos objetivos, y dedicar unos mínimos recursos a generar nuevas estrategias, nuevas experiencias de consumidor, nuevos productos o nuevas tecnologías. Siempre podemos decidir no hacerlo (al fin y al cabo, innovar es una decisión estratégica -y, por tanto, voluntaria). Como dijo Henry Chesbrough, innovar es arriesgado y consume recursos. Pero no hacerlo es letal

12 de febrero de 2017

AMERICA FIRST

Con la llegada de Donald Trump al poder, se ha producido en pocos días una sorprendente inversión de los roles que dos superpotencias mundiales han mantenido durante los últimos 70 años: Estados Unidos renuncia al liderazgo del proceso globalizador e inicia una involución proteccionista, mientras China se convierte en el gran defensor mundial del libre comercio. Las consecuencias de las decisiones del nuevo presidente estadounidense pueden ser profundas e irreversibles. Trump puede incrementar exponencialmente el peso de Asia en el comercio, la economía y la tecnología mundial, y consolidar definitivamente a China como nuevo líder global. La conferencia de Xi Jinping (presidente chino) en el Foro de Davos fue un indicativo: China parece dispuesta a recoger el guante que torpemente ha dejado caer Estados Unidos. Jinping, primer mandatario chino que asiste a dicha conferencia anual de líderes internacionales, lanzó públicamente en Davos una auténtica oda a la globalización. Casi en paralelo, Donald Trump hacía exactamente lo contrario en el discurso inaugural de su presidencia, iniciando un camino aislacionista sin precedentes en la historia moderna de América. Si China aprovecha la oportunidad, cogerá rápidamente el relevo del liderazgo mundial.

Estados Unidos y el Reino Unido han roto en pocos meses el orden internacional que ha regido desde hace un siglo y, especialmente, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los antiguos aliados que liberaron Europa de la amenaza nacionalsocialista tiran la toalla, y se desentienden del viejo continente y del liderazgo mundial. ¿Cómo se ha llegado a este extremo? Sorprendentemente, los dos países donde se está produciendo esta revolución proteccionista son los países que han abanderado los preceptos de la economía noeclásica más ortodoxa también durante el último siglo. Los países donde más se ha confiado en el poder absoluto del libre mercado, los paraísos del liberalismo más extremo, y los principales enemigos de cualquier intervención estatal en la economía. Las naciones que hoy se cierran al mundo son aquéllas donde con más libertad ha campado la mano invisible del mercado de Adam Smith.

Quizá exactamente por ello se ha producido una reacción virulenta a la contra. Se han generado anticuerpos a la libertad económica. La economía ha confiado en USA y UK de forma demasiado dogmática, durante décadas, en la libre dinámica del mercado. Ha creído ciegamente que éste era el mecanismo perfecto e insustituible de asignación de recursos. Ha confiado de forma ortodoxa, casi religiosa, en que los equilibrios que el mercado generaba eran los más idóneos. En Estados Unidos y el Reino Unido ha imperado un credo económico que entendía la ciencia económica como una ciencia pura, no como una ciencia social. Pero las leyes económicas no son como las leyes físicas. Oferta y demanda no se comportan con la pureza de la ley de la gravedad, y las empresas e individuos no son como átomos alineados en un metal perfecto. Estados Unidos recientemente, y el Reino Unido desde hace medio siglo han confiado excesivamente en el libre mercado y han olvidado los fundamentos microeconómicos y las políticas públicas que sustentan una industria competitiva. Se han olvidado de diseñar un sistema nacional de innovación capaz de crear economías sólidas en el mundo global.

Lo que hoy estamos viendo se anticipaba en el magnífico libro “Innovation Economics: The Race for Global Advantage” de Robert D. Adkinson. Mientras sus competidores internacionales, especialmente China, Corea del Sur o Alemania han establecido estrategias nacionales de innovación orientadas a reestructurar sus marcos fiscales y sus sistemas regulatorios, científicos y educativos para alinearlos con su competitividad nacional, Estados Unidos y el Reino Unido han seguido confiando largamente en la famosa mano invisible de Adam Smith, que todo lo había de curar espontáneamente. Mientras sus competidores desarrollaban políticas de soporte a las cadenas de valor intensivas en I+D en sectores de alto valor añadido como instrumentación electrónica, maquinaria de precisión, semiconductores, automoción, química fina o equipos industriales, en los países anglosajones la industria languidecía y la manufactura avanzada y los centros de I+D corporativos se desplazaban a zonas con mejores ecosistemas de innovación. La lógica de Wall Street ridiculizaba las voces que reclamaban una política que asegurara inversiones de largo plazo en I+D industrial. Según Adkinson, “los líderes intelectuales de la economía neoclásica han sido la mayor fuerza opositora a la construcción de sistemas nacionales de innovación”. Y ahora lo están pagando.

Seis millones de empleos en la industria manufacturera se perdieron en Estados Unidos durante la crisis de 2008. Mientras la inversión privada en I+D sólo creció un 3% en la década previa a la crisis, lo hizo un 11% en Alemania, un 27% en Japón, un 28% en Finlandia, un 58% en Corea del Sur, y un 187% en China. Lentamente, estados Unidos reemplazaba la ingeniería tradicional por la ingeniería financiera. Y, mientras sus académicos teorizaban sobre mercados eficientes, no solo los empleos de bajo nivel, sino también la investigación industrial, las capacidad de patentar, la producción de alta tecnología y la manufactura avanzada se desplazaba hacia Asia y Alemania, donde emergía el paradigma industrial 4.0 embebido en un fértil ecosistema de centros tecnológicos orientados a los clústeres industriales. El sistema de innovación americano perdía fuerza por una inversión subóptima en I+D industrial (enmascarada por los éxitos financieros del Valley, desde Facebook a Instagram, de Whatsapp a Uber) o por la grandeza científica de sus universidades de élite. A la vez, se producía un suministro débil de licenciados en STEM (Science, Tech, Engineering and Maths), y las infraestructuras digitales quedaban obsoletas, en medio de un marco institucional  y político que no comprendía el rol esencial de la innovación en el crecimiento económico. No se trazaron planes, ni estrategias, ni objetivos para consolidar un sistema nacional de innovación capaz de competir con China.


El problema que han tenido los países anglosajones es el de haber formado varias generaciones de políticos, académicos, técnicos y directivos públicos en la doctrina económica más ortodoxa, impregnada de ideología política. Mientras se estabilizaban los marcos macroeconómicos, se despreciaban las políticas microeconómicas que podían sustentar la competitividad nacional en el largo plazo. Mientras el sistema financiero sufría una hiperinflación, los sectores estratégicos capaces de generar empleo de calidad se deslizaban hacia otros entornos. No era cuestión de impedirlo. Era cuestión de crear marcos más atractivos para el florecimiento de actividades innovadoras que generaran nuevos productos, procesos y empleos. No se trata de proteger mediante barreras comerciales artificiales, se trata de reforzar agresivamente las correctas palancas de competitividad, generando las dinámicas para innovar mejor y más rápidamente que los competidores. Trump podrá romper acuerdos comerciales e imponer araceles. Pero no podrá detener el cambio tecnológico. O, ¿impedirá la digitalización y tecnificación de sus empresas para mantener el trabajo? Posiblemente el resultado de todo ello sea una dramática y acelerada pérdida de competitividad de las empresas americanas. 

Obama se dio cuenta de la obsolescencia y el declive del sistema de innovación americano, pero no estuvo a tiempo de corregirlo. Y, con el camino elegido, hoy, el “America First” puede convertirse rápidamente en un lacónico “The End of America” en los ránkings internacionales de competitividad

5 de febrero de 2017

CUANDO LOS ROBOTS VAN DE FAROL

Tras conquistar el podio del ajedrez mundial en 1997, y del go (juego oriental de estrategia) en marzo de 2016, esta semana la inteligencia artificial  (AI, Artificial Intelligence) ha superado otro hito en su capacidad de desarrollo de pensamiento estratégico en un juego de competición: en el Rivers Casino de Pittsburg, el sistema Libratus de Carnegie Mellon derrotó a los cuatro mejores jugadores de póker del mundo. No es un tema menor. Vencer en póker significa que las máquinas pueden desarrollar algún tipo de intuición estratégica: pueden hacer hipótesis válidas sobre las combinaciones de cartas que tienen sus oponentes, y que no están a la vista. Los algoritmos son capaces de detectar cuándo el comportamiento de un jugador muestra expectativas superiores a sus posibilidades reales de ganar (cuándo va de farol), aunque las cartas de los competidores permanecen escondidas, y objetivamente es imposible determinar si una jugada es buena o no. La épica contienda de póker contra un supercomputador en Pittsburg (que duró 20 días) ha mostrado que los algoritmos saben desplegar estrategias acertadas en entornos de información imperfecta. Si en ajedrez o go (los últimos juegos de estrategia conquistados por las máquinas) toda la información está en el tablero de juego, en póker, como en la vida real, se juega con información limitada y contra estrategias rivales que simulan capacidades falsas (“faroles”). A la vez, el propio algoritmo ha de ser capaz desplegar movimientos cuyo objetivo sea engañar o desorientar al adversario. La máquina simulaba sobreexpectativas. Los robots también se marcan faroles.

Libratus, el ordenador vencedor, disponía de sistemas de redes neuronales profundas (deep neural networks), y mecanismos de aprendizaje de refuerzo (reinforcement learning), un sistema que le permitía aprender de sí mismo mediante prueba y error. Si AlphaGo (el sistema de Google que venció al campeón mundial de go) analizó 30 millones de partidas de go para aprender el juego, Libratus aprendió póker de la nada, interactuando consigo mismo, para acabar batiendo la mejor intuición humana. Libratus representa una nueva línea de sistemas de uso genérico que pueden ser aplicadas a cualquier campo de la economía y la sociedad. Y, sin duda, van a ser aplicadas masivamente en los próximos años.

La inteligencia artificial (AI) comprende un amplio conjunto de sistemas de información capaces de interactuar con el entorno, comprender y procesar datos, actuar en consecuencia para lograr determinados objetivos, y aprender de sí mismos. Integra múltiples tecnologías que permiten a los computadores percibir el mundo (visión por computador, procesado de audio, sensores), analizar y entender la información adquirida (incluso lenguaje natural), tomar decisiones, evaluar los resultados, y corregir sus mecanismos  de decisión para aprender de su experiencia. Este campo de la tecnología va a revolucionar la práctica totalidad de sectores económicos en los próximos años. Lamentablemente, estamos abstraídos de este debate, cerrados en nuestra cotidianeidad y atónitos ante la especie de apocalipsis político que estamos viviendo tras las primeras semanas de Trump en la Casa Blanca. Pero una revolución sin precedentes se está gestando en la interacción entre  la lógica matemática, la tecnología y la estrategia.

La consultora Gartner nos dice que tecnologías “core” de la inteligencia artificial se encuentran actualmente en el máximo de su ciclo de sobreexpectativas. Es decir, que quizá su impacto real en el futuro sea inferior al que actualmente se considera. Pero no lo creo. Personalmente, pienso que la AI va a ser el gran catalizador de la nueva revolución industrial (industria 4.0) y del siguiente paradigma web (que no va a ser un paradigma de búsqueda de datos, sino de interacción mediante lenguaje natural: vamos a conversar con nuestros PCs). De hecho, no directamente con nuestros PCs, sino con asistentes electrónicos conectados vía cloud a un centro de supercomputación con terminal doméstico. Y es que, si bien hace ya muchos años que la AI se está gestando en universidades y centros de investigación públicos, ahora ya finalmente ha saltado al campo privado y se ha situado en el centro de las tecnologías estratégicas que precisarán los grandes líderes empresariales emergentes (e indiscutibles) de la economía del siglo XXI. Esta semana hemos sabido que Apple se ha unido al gran consorcio formado por Facebook, Amazon, Google, IBM y Microsoft para unir esfuerzos en el desarrollo de la inteligencia artificial. Estas compañías son hoy las más ricas del mundo por capitalización bursátil. Amasan montañas de dinero en cash. ¿Se imaginan la velocidad de crucero que tomará la inteligencia artificial en los próximos años con estas superpotencias tecnológicas impulsando su desarrollo?