22 de octubre de 2017

LA ECONOMÍA DE LA FELICIDAD

¿Podemos dar una dirección moral a la economía? ¿Tiene todavía sentido la afirmación de Milton Friedman de que “el único objetivo de una empresa es crear valor para sus accionistas”? ¿A dónde nos lleva este pensamiento económico? Estamos en una encrucijada, un gran punto de bifurcación: la humanidad se puede encaminar hacia un mundo de abundancia, gracias a las nuevas tecnologías; o a una especie de tecno-feudalismo, dominado por una pequeña élite de opulentos inversores y creativos emprendedores, rodeados de una inmensa desigualdad y pobreza. La robótica, la inteligencia artificial, la genómica y los nuevos materiales sitúan a la humanidad ante un horizonte tan esperanzador como incierto. A un lado, el tren de la abundancia: recursos suficientes para todos, gracias a una tecnología liberadora, democrática, simplificadora de problemas y mejoradora de experiencias. Una tecnología que puede disociar a la persona del trabajo: el trabajo puede ser totalmente asignado a las máquinas. Y, al otro lado, el tren del feudalismo tecnológico: el desplazamiento despiadado de empleados por algoritmos digitales y autómatas. La desigualdad, la pobreza y la precariedad impulsada por una nueva versión de ultracapitalismo financiero y tecnológico. Detrás de esa precariedad, la desaparición de las democracias, la quiebra de los estados del bienestar, y la emergencia de extremismos políticos. En el tren de la abundancia, la máquina está al servicio del ser humano. En el otro, el hombre ha perdido su identidad en un mundo biónico y subyugado por el poder de la tecnoeconomía.

Mi nuevo libro, Economía de la Felicidad (Plataforma Editorial), escrito junto con Josep Maria Coll, examina la encrucijada a que nos enfrentamos y propone, sin negar los riesgos distópicos que acechan al porvenir de la humanidad, una hoja de ruta con las claves para aprovechar la oportunidad que representa la tecnología y las posibilidades que ésta abre para acabar con la pobreza, la desigualdad y el trabajo precario. La Renta Básica Universal es condición necesaria, pero no suficiente. Y no es inmediata, debe plantearse a largo plazo. Constituye un horizonte posible, una gran meta como culminación de un sistema, el capitalista, que ha conseguido sacar a millones de personas de la pobreza, pero que puede colapsar como consecuencia de la tecnificación masiva. Necesitaremos grandes dosis de innovación social, y la construcción de nuevos paradigmas basados en una educación capaz de formar personas libres, con sentido crítico, comprometidas socialmente, y con pleno desarrollo de sus capacidades y talento natural.

Podemos avanzar hacia un mundo casi utópico, donde la pobreza se haya abolido, la tecnología trabaje para sustentar el bienestar global, y donde las personas desarrollen su creatividad para ser felices. El talento libre y motivado por un propósito superior es la clave para la construcción de auténticas economías del conocimiento, creativas y humanísticas, generadoras de prosperidad compartida. En ese escenario, la economía de la felicidad es posible.


¡Espero que os guste el libro! Está ya en Amazon (aquí), y en librerías a partir del 30/10 😉

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