8 de enero de 2017

LA BELLEZA ESTRATÉGICA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El Go es un juego de estrategia oriental, nacido en algún punto de China hace más de 2.500 años. En un tablero de 19x19 posiciones, dos jugadores se enfrentan con el objetivo de envolver más terreno que el adversario. Pese a su aparente sencillez, es un juego mucho más complejo que el ajedrez. Si en éste el número de posibilidades en cada jugada es de unos 30 movimientos, en el Go las variaciones ascienden a más de 200, lo que al final redunda en un total de combinaciones posibles de partida superior al número de átomos en el universo visible.

El pasado 2016, el campeón del mundo de Go, Lee Sedol, fue batido por AlphaGo, un algoritmo inteligente creado por ingenieros de Google DeepMind, en una épica serie de partidas celebradas en el hotel Four Seasons de Seúl. En el movimiento 37 de la segunda partida, en un momento de gran  intensidad estratégica, con concentración de piezas en algunos ángulos del tablero, AlphaGo, sorprendentemente, decidió colocar una de sus fichas en una zona abierta del otro extremo. En medio de la nada. Un movimiento que dejó atónitos a gran parte de los más de 60 millones de espectadores que seguían la partida on-line, básicamente en Corea, China y Japón. La jugada desconcertó al campeón humano, que abandonó el tablero para refrescarse, y, a la vuelta, reflexionó durante 15 minutos sobre el sentido de la misma antes de reiniciar el juego. Uno de los comentaristas de habla inglesa dijo que “podía haber sido un error de la máquina”. Pero no fue un error. Fue una jugada creativa, desconcertante y “extremadamente bella” según los análisis posteriores, en un momento álgido del juego, que permitió al algoritmo cambiar el centro de masas estratégico de la partida, tomar la iniciativa y, finalmente, derrotar a Lee Sedol. La jugada, definitivamente “no fue humana” en palabras de los expertos.

La inteligencia estratégica es también inteligencia creativa. A fin de cuentas, la verdadera formulación estratégica pasa por el diseño de propuestas de valor diferenciales, exclusivas y (por tanto), creativas. La belleza y la creatividad también están relacionadas: es bello aquello que se percibe como original, armónico y proporcionado, como un buen diseño formal, o un buen diseño estratégico. En  su magnífico libro Homo Deus: A brief history of tomorrow, Yuval Noah Harari, afirma que “según las ciencias de la vida, el arte no es el producto de un espíritu encantado o de algún alma metafísica, sino el resultado de algoritmos orgánicos que reconocen patrones matemáticos”. Si esto es cierto, no hay ningún obstáculo a que algoritmos electrónicos hagan arte. De hecho, un profesor de musicología de la Universidad de California ha desarrollado programas informáticos capaces de componer melodías. El sistema, llamado EMI (Experiments in Musical Intelligence) aprendió los patrones de Bach, y, una vez reconocidos los mismos, fue capaz de sintetizar 5000 corales originales, “a la Bach”, en un solo día. Algunas de ellas fueron interpretadas en un festival de música clásica en California, y, cuando los asistentes eran consultados, no sabían diferenciar la música real de Bach de la compuesta por EMI, la cual, en cualquier caso, era capaz de despertar las emociones más intensas en la audiencia. El sistema, posteriormente aprendió los patrones de Beethoven, Chopin, Rachmaninov y Stravinsky. Nuevas sinfonías de Beethoven pueden ser compuestas hoy, con la misma intensidad emocional y fuerza creativa que las del músico original, por algoritmos matemáticos. Sistemas similares son capaces de pintar con la técnica artística de Rembrandt, o de componer haikus (poemas cortos japoneses) escritos por algoritmos, como ya se pueden leer en el libro Comes the Fiery Nigth: 2000 Haiku by Man and Machine (donde se reta al lector a que compare la intensidad emotiva de los poemas creados por humanos o por máquinas, y a que intente distinguirlos)


A medida que progrese, la inteligencia artificial penetrará en campos creativos, artísticos y emocionales. En la toma de decisiones estratégicas y en el ascenso en posiciones de management, el proceso de substitución del humano por la máquina ya es un hecho. En mayo de 2014, la firma de capital riesgo Deep Knowledge Ventures (con base en Hong Kong) incorporó un sistema de inteligencia artificial a su consejo de administración. Como el resto de miembros del consejo, el algoritmo tiene derecho a voto para decidir en qué empresas invertirá la compañía. Fue un movimiento pionero. En la última semana, la firma japonesa de seguros Fokuku Mutual Life ha anunciado que substituirá 34 de sus analistas por el sistema Watson de IBM, y el mayor hedge fund del mundo,  Bridgewater Associated piensa reemplazar todo su management por un algoritmo inteligente. ¿Qué pasará si se demuestra que estos fondos baten sistemáticamente a su competencia humana?

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